Polos Opuestos del color

>> martes, 26 de mayo de 2009

Fue cuando de pronto nací en una cuna fría, tan fría por el clima que me abrazaba, como por la sangre heredada que me congelaba de a pocos. Y es que, sin esperármelo, el amor que tanto necesitaba me fue esquivo siempre, no me fue ofrecido, de forma tan inflexible como la niebla que me era de costumbre soportar en las altiplanas coordenadas de mi cuna...
Para entonces uno se las arregla para acomodarse, podía caminar sin piernas quizás, precisamente las cosas no son necesarias si uno nunca las ve hasta que la enseñanza de lo inexplorado y casi prohibido viene mucho tiempo después, obviamente, en nombre de una mujer.
No sé si llamarla mala suerte, su nombre me sonreía tiernamente entonces cuando la miraba como un ser tan común, tan alejada a mi destino, tan ilustre en el silencio y quizás con el tiempo la más instruida a ser pasajera en mi vida… cosa que, arrebatado a mis frívolos cálculos masculinos, no fue así. En un escaso tiempo y sin imaginármelo me cambio la manera de pensar, de mirarla, de admirarla… y tan insigne fue su llegada a mi vida que termino decepcionándome gravemente de mi firmeza y temple al cual andaba acostumbrado relucir, vencido por la probabilidad de perderla, temeroso en ya no mas mirarla, en alejar de mí ser cosas tan sencillas como el pelarme una naranja -debido a mi ansia por comerme en pedazos comenzando por mis uñas-, mi esfuerzo por mantener la cordura fue sencillamente desvanecida por la mujer que menos entendí en mi vida.
Fue así que aprendí la química de los polos opuestos: alguien que está acostumbrado literalmente a pensar en decisiones cuerdas en el transcurso de su vida, se vuelve inmensamente vulnerable a declinar sus teorías por un amor que le fue sembrado a cuchosientos años después de no creer en su necesidad, tanto como para entender claramente mi escaso conocimiento del amor, como de lo mucho que perdí en mi vida.

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